sábado, 18 de abril de 2015

New York, 12 de enero de 1925

El lunes despierta desapacible y frío, aún con restos de la nieve caída en la gran manzana el fin de semana. Son las 8:00 y el tráfico es infernal. John W. Barron se apea del taxi en Unión Square, enfrente del edificio del Gobierno Federal donde trabaja En la esquina de los jardines no hay rastro de los vagabundos de la semana pasada; no debe ser agradable pasar la noche al raso con esta temperatura. John saluda a los soldados de infantería y franquea la verja sin mostrar su pase, entra y tras subir la escalinata victoriana se dirige a su escritorio. Sus compañeros aún no han llegado, suelen meterse con él por su puntualidad estricta, -¡Eh Jim!, ¿vas a heredar el gobierno federal?-. Mientras deja el abrigo en la percha observa entre los papeles un sobre amarillo que llama su atención, no estaba el viernes cuando se marchó. Es un telegrama, y procede de Europa:
-Umm, parece que el bueno de Elías está metido en alguna gorda- murmura para sí. Intenta hacer memoria. La última vez que supo de él le visitó en la embajada de París, ¿1918 o 1919?. Seguro que 1919, la guerra ya había acabado. Venía de Londres, allí había estado recopilando información para su nuevo libro sobre esoteria y brujería y se metió en líos. Scotland Yard le retiró el pasaporte y lo puso de patitas en un ferry a Francia. Más recuerdos. Jim conoce a Elías de sus años mozos, cuando estudiaban en el Saint Patrick's, un colegio católico para los hijos de la clase pudiente de Manhattan. Junto con Tom Brown, los tres fueron el terror del Pater y la madre superiora. Les habrían largado sin contemplaciones de no ser por los generosos donativos que recibía la institución del padre de Jim. Jim siente aprecio por el viejo Elias. Le extraña este telegrama. Siempre fue muy independiente, era huérfano. Su presencia en el colegio servía a los del Saint Patrick's para mostrar su caridad y presumir de buenos cristianos. Los dos abandonaron temprano la educación formal. De los tres amigos solo Tom continuó como ratón de biblioteca. Tom se alegrará de esta noticia, esta tarde Jim se pasará por la National Library de Manhattan a verlo. Esta es toda la información que Jim tiene de Elias:
Jim abre su cartera y echa un vistazo a la foto que le dedicó en París. Son muchos los libros que Elias ha escrito acerca de sus viajes, relacionados con sectas religiosas que manipulan los miedos de pobre gente crédula. Cuando relee el telegrama Jim piensa en seguida en sus amigos, el veterano Henry y Nigel, un pecoso estudiante irlandés. Desde hace meses suelen alternar todos los lunes y miércoles en el Cotton Club (142st. con Lenox Av.), garito de moda para compartir un trago (ilegal), alterne y buena conversación. Aparte del proyecto radiofónico de “El mirador de Brooklyn”, no tienen oficio fijo, así que a Jim se le ocurre que participen de ese equipo de investigadores que pide Elias. Por cierto, Jim no recuerda nada de la expedición Carlyle que menciona Elias en su telegrama.

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